2.7.13

Querido bló-g

Dice el susodicho que debería escribir mis panchoaventuras con los taxistas.
Y sí lo he hecho. Quizás no en este blog pero sí en el anterior. Donde había escrito tantas crónicas, incluyendo la cuernavafóbica. Lo borré en un impulso de loquera, de malas decisiones y de impulsos cortos como suele suceder cuando una está enferma de la no sensación, de ira, de rebeldía, del no querer saber o no querer construir ningún nivel de cordura mental. Es esa puta bipolaridad, pensamientos que rayan en la locura y que sólo son fracciones de segundos antes de comprender en dónde estoy, qué me rodea y a quién estoy viendo o qué es lo que estoy haciendo. 
No comprendo. 

Justo ahora estoy en una etapa en la que no comprendo por qué desconfío tanto de estas personas, si se supone que me están tendiendo la mano, ¿por qué siento su apatía?, ¿su resentimiento?, ¿su rechazo?

A veces creo que he desarrollado mucho más mi susceptibilidad, ese sexto sentido o bien mi sentido brujil durante el tiempo en el que he estado ahí. No sé por qué. Muchas de las veces me siento perdida y no entiendo de qué hablan o por qué actúan de una u otra forma.


Aunque haya una respuesta para cada reacción suya, a veces creo que no me hallo o no encuentro un reflejo, o esa respuesta no me es suficiente y le puedo encontrar otra respuesta que no es esa, sin afán de parecer vana u orgullosa; y sí, sí hay cariño y a veces, su respaldo; pero es como lo que siempre han estado diciendo: si ellos dan, ellos quieren que yo de.


Y así ha sido, y realmente me doy. Mis fallas, mis errores, no son con ellos o adrede, pero no puedo dejar de ser humana, convivo y me rodeo y quizás esos errores son mucho más fuertes para ellos, porque siento el juicio al que me someten, cómo me observan, los saludos y abrazos sin interés y automáticos, sin sentimientos, huecos, vacíos. Como yo. A lo mejor es eso. Que estoy recibiendo lo que tengo dentro. Puta soledad e infinita tristeza. Puto vacío que no tiene llenadera. ¿O acaso seré una exagerada?


Mi historial con los taxistas es largo e intenso. Tan intenso que de estos hombres he obtenido mucha de mi experiencia en el ámbito sexual. Son unos cabrones hijos de la chingada que saben qué es lo que hacen y qué es lo que quieren.
Porque su desidia y loquera sentados detrás del volante es muchísima. Porque generan más ideas perversas de las que uno pensaría en movimiento. Pero ya después las cuento, cuando no ande tan conmiserada y apendejada con los síntomas de la irritación, con mis consecuencias de los malos hábitos y del puto y bendito insomnio.

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